Y, sin embargo, hay falsas preguntas




La principal “arma” ideológica de los opositores a la legalización del aborto –la pregunta por el comienzo de la vida– se basa en una premisa falsa.



Marcelo Rodríguez


A mediados del siglo Diecinueve, agobiado por una violencia social y política que él atribuyó a los ideales del fundamentalismo revolucionario, Auguste Comte soñó un mundo en el que una Ciencia con mayúsculas –a la que identificaba, a la vez, con la razón y con el sentido común– dejaría atrás las preguntas sin respuesta por las que la gente se mataba –“¿Existe Dios?” “¿Es libre el ser humano?” “¿Debemos considerarnos iguales?”– para que la Humanidad se encaminase por fin en un sendero de orden y progreso construido con los ladrillos del “conocimiento positivo”. Más adelante, en el período de entreguerras, los positivistas del Círculo de Viena proponían un lenguaje universal –el de la lógica formal– con el que se proponían librar al pensamiento de los males del subjetivismo y la metafísica, a la que identificaban con el esencialismo reaccionario encarnado por el nazismo. Buscaban desterrar lo que llamaban pseudopreguntas: aquellas –como la heideggeriana “¿Qué es el Hombre?”– que sean incapaces de conducir a respuestas comprobables, verificables empíricamente, medibles en su grado de certeza.
El positivismo y su concepción racionalista del mundo terminaron haciendo agua –entre otras cosas– ante la evidencia de que no hay en la historia un destino preestablecido al que llamar “Progreso”, una entidad de luz que va conquistando el planeta y sus aledaños en la medida en que la ciencia y la técnica desalojan los residuos del oscurantismo, y de que el lenguaje no es sólo una herramienta de comunicación regida por la lógica, sino más bien un mundo de sentidos dispersos y diversos donde usamos las palabras, pero también somos usados y construidos por ellas.
Y sin embargo, hay falsas preguntas. Trampas retóricas. Probablemente formuladas sin consciencia del supuesto metafísico en que se basan. Y fundan su eficacia en una falsa premisa que permanece oculta, enmascarada.
La pregunta acerca de “cuándo comienza la vida humana” –esgrimida por quienes propugnan que el aborto siga manteniéndose en la clandestinidad– se basa en la premisa de que hay un instante en el que la vida humana comienza. Que el proceso por el cual dos células vivas de dos individuos diferentes combinan su material genético para dar origen a un tercer individuo diferente de los anteriores es algo instantáneo y abstracto. Que el origen de la vida no es un hecho biológico sino un acto de creación.
Pero la vida (lo que los griegos llamaban “zoe”) es un estado de la materia orgánica que no “comienza”, sino que se transmite. La pregunta sobre cuándo comienza “una” vida (lo que los griegos llamaban “bios”, o sea, la historia vital de un organismo) tampoco puede ser una pregunta esencial. Para los antiguos estaba clarísimo que la bio-grafía empieza con el nacimiento y termina con la muerte. La biología estudia los mecanismos de la vida, pero no puede definir normativamente qué es “la” vida (zoe) ni qué es “una” vida (bios).
La respuesta a esa pregunta es necesariamente política. No está ni puede estar en la ciencia. Esa definición que se busca sobre el comienzo de la vida no puede deducirse del conocimiento de los mecanismos biológicos. Toda definición es política. Es un acto del lenguaje, no un hecho de la biología. Querer definir “desde la ciencia” una “pregunta” que la ciencia no puede responder y cuyo único objetivo es servir de pretexto para que el Estado se arrogue el derecho de legislar sobre lo que ocurre dentro del cuerpo de una mujer es caer en una trampa. Aunque esa pregunta tal vez tenga algo de sentido el día en que la tecnología haga posible la gestación fura del cuerpo de un ser humano.

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