Bella fatalidad
Teherán
Ocurrió en la antigua Persia, durante el crepúsculo de
un día de verano. Andaba el Señor de la comarca deambulando complaciente por
sus dominios cuando lo asaltó uno de sus criados, agotado y jadeante por el
espanto y el esfuerzo de la huida.
̶ Amo, présteme un caballo para escapar hacia
Teherán en busca de refugio. Me ha visitado la muerte y puede que en la
gran ciudad su intención de quitarme la vida sea burlada. Si llego antes de que
inicie el nuevo día tal vez el calendario se extienda ante mí dándome una vida
larga y próspera.
̶ Ve y toma el jamelgo que mejor te cuadre.
Monta y galopa tan rápido como puedas. Tal era el afecto que el Señor del lugar
le tenía a su joven sirviente.
Taciturno y de regreso a su residencia lo sorprendió
la muerte, sentada en el umbral de la puerta, como si estuviese tomando un
descanso. Disgustado por lo ocurrido, la increpó con arrogancia por haber
asustado a su criado.
̶ Estimado Señor, debes saber que no era mi intención
atemorizarlo como tampoco lo era incomodarte con su queja. Su muerte debía ser
rápida, pero me quedé sorprendida al encontrarlo aquí. Se suponía que debía
estar en Teherán antes de la medianoche. Te pido disculpas y me despido porque
debo partir hacia la capital (1).
Destino
Puede que nuestras vidas estén lacradas con la marca
de un destino que nos engaña porque, cual demonio de Maxwell, mueve las
piezas en el juego de la vida para crear un pensamiento que imagina la
posibilidad de la libertad, la misma en la que nuestro desdichado personaje
cree cuando supone cierta la elección de quedarse o irse, de entregarse o
escapar de la muerte, sin saber que su sentencia ya había sido dictada, hiciera
lo que hiciese. No sabemos cuán autónomos somos pero, en el mundo moderno donde
la ciencia deslumbra, no podemos renunciar a la certeza de la libre elección,
por limitada que esta sea, en la forma que lo expresara el genetista Steve
Jones al criticar la idea de destino genético sin negar por ello el
determinismo al que estamos sometidos:
Algunos tienen la esperanza de colocar la genética en
la brecha, de leer el libro de la vida al nacer; no después de morir. Hacerlo
es poner en peligro el proceso de justicia y negar a todos, buenos y malos, la
libre voluntad. (…) Para que la ley sobreviva debe ignorar la defensa del
pecado original, la flaqueza hereditaria (…) (2).
El nuestro es un tiempo de seducción tecnológica, de
una fatalidad supuesta que nos promete la mejor de las sociedades posibles y el
más digno porvenir por lo cual, no parece deseable la libertad como forma
de la existencia aunque esa falta de aspiración revele la imposibilidad de
erradicarla de los sueños humanos. Afiches, eslóganes y otras variadas formas
de publicidad colonizan el pensamiento con la promesa de la eternidad edénica,
de los tiempos futuros donde podría existir un real mundo feliz (3)regido
por el ingenio técnico. Si nuestro personaje en lugar de encontrarse con la
muerte en Teherán hallase la suave y placentera calma de la vida paradisíaca,
¿lamentaríamos su falta de libertad? ¿No desearíamos ser gobernados por tan
bello destino? Pero el edén tecnológico, por mucho que las consignas propagandistas
nos hagan creer en él, es imposible, tal como lo destaca el sociólogo Neil
Postman en su escrito “Las 5 advertencias del cambio tecnológico”:
La primera advertencia es que todo cambio tecnológico
implica un compromiso. Me gusta denominarlo un trato faustiano. La tecnología
da y la tecnología quita. Esto significa que para cualquier ventaja que la
tecnología ofrece, siempre existe su correspondiente desventaja. Las
desventajas pueden llegar a superar en importancia a las ventajas, o las
ventajas pueden perfectamente valer la pena sobre su contrario. Aunque parece
una idea bastante obvia, es sorprendente cuanta gente cree que las nuevas
tecnologías son como una bendición del cielo. Pensad solo en el entusiasmo con
que la mayor parte de la gente abraza su conocimiento sobre ordenadores.
Preguntad a cualquiera que sepa algo sobre ordenadores para que hablen sobre
ellos, y veréis como de forma descarada e implacable, nos van a alabar las
maravillas de los ordenadores. También vais a ver como en la mayor parte de los
casos van a obviar una sola mención de las desventajas de los ordenadores. Esto
es un peligroso desequilibrio, ya que cuanto mayores son los prodigios de una
tecnología dada, también son mayores sus consecuencias negativas.
Pensad en el automóvil, que después de sus muchas
ventajas, ha contaminado el aire, atascado nuestras ciudades y degradado la
belleza de nuestros parajes naturales. O podríamos pensar en la paradoja de la
tecnología médica que nos proporciona prodigiosas curas pero que, al mismo
tiempo, es causa demostrada de ciertas enfermedades e incapacidades, y que ha
jugado un rol protagonista en la reducción de la capacidad de diagnóstico de
los propios médicos. También podemos recordar que después de todos los
beneficios sociales e intelectuales que nos ha brindado la imprenta, sus costes
fueron igualmente monumentales. La imprenta dotó a Occidente de prosa, pero
hizo de la poesía una forma elitista y exótica de comunicación. Nos dio la
ciencia inductiva, pero redujo la sensibilidad religiosa a una especie de
superstición fantástica. La imprenta nos dio el concepto moderno de nación,
pero al hacerlo convirtió al patriotismo en una forma sórdida, sino letal, de
emoción. Podríamos decir que la impresión de la Biblia en lenguas vernáculas introdujo
la sensación de que Dios era un inglés o un alemán o un francés, es decir,
redujo a Dios a las dimensiones de un poderoso señor del lugar.
Quizás la mejor manera de expresarlo sería diciendo
que la pregunta, "¿qué va a hacer esta nueva tecnología?" no es más
importante que la pregunta, "¿qué va a deshacer esta nueva
tecnología?". De hecho, esta última cuestión es más importante,
precisamente porque apenas es formulada. Diríamos que una visión más
sofisticada del cambio tecnológico debe incluir el escepticismo ante las
visiones mesiánicas y utópicas que nos presentan los que no tienen un sentido
histórico de los débiles equilibrios sobre los que descansa la cultura. De
hecho, si por mí fuera, prohibiría a cualquiera hablar sobre las tecnologías de
la información a no ser que la persona pudiera demostrar que conoce algo sobre
los efectos sociales y físicos que causaron la invención del alfabeto, del
reloj mecánico, de la imprenta y del telégrafo. En otras palabras, que sepa
algo sobre los costes de las grandes tecnologías.
Primera advertencia, es pues, que la cultura paga un precio por la tecnología que incorpora. (Subrayado mío) (4).
Primera advertencia, es pues, que la cultura paga un precio por la tecnología que incorpora. (Subrayado mío) (4).
Se insiste en que el futuro perpetuo imaginado y
prometido como bella fatalidad, no debería ser cuestionado, porque no está en
nuestras manos cambiarlo y porque no deberíamos desearlo, al fin y al cabo nos
están prometiendo el mejor de los mundos posibles. Pero las utopías
tecnológicas solo pueden derivar en dolorosas distopías como la que
narrara Aldous Huxley o la relatada por George Orwell en 1984 donde
O`Brien, miembro del partido, afirma:
Nuestros neurólogos trabajan en ello. (…) No habrá
risa, excepto la risa triunfal cuando se derrota a un enemigo.
No habrá arte, ni literatura, ni ciencia. No habrá ya
distinción entre la belleza y la fealdad. Todos los placeres serán destruidos.
Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre habrá el afán de poder, la sed de
dominio, que aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil. Siempre
existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo
indefenso. Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro, imagínate una
bota aplastando un rostro humano... para siempre (5).
Tal vez, y solo tal vez, podamos, por seductores que
sean nuestros logros y por poderosas que sean las estrategias publicitarias y
el espectáculo montado, apreciar con austeridad los valiosos beneficios que nos
puede proveer la técnica sin estar, al mismo tiempo, obligados a
inclinarnos ante la riesgosa ilusión de la salvación instrumental. Puede que,
entonces, seamos capaces de transformar el desarrollo tecnológico en una
condición que nos provea algo más de justicia, un poco más de gozo, y de ser
posible, dolores menos intensos a pesar de los nuevos y difíciles problemas que
habremos de enfrentar.
Eduardo Wolovelsky
(1) Inspirado
en el relato narrado por Viktor Frankl en su obra El hombre en busca de
sentido.
(2) Jones, Steve. En la sangre. Dios, los
genes y el destino, Madrid, Alianza, p. 247.
(3) En referencia a la novela distópica Un
mundo feliz de Aldous Huxley.
(4) Postman, Neil. “Las 5 advertencias del cambio
tecnológico”,
http://www.globalizacion.org/desarrollo/PostmanCambioTecnologico.htm[consultado
24 de agosto de 2015].
(5) Orwell, George, (1948), 1984,
Barcelona, Salvat, 1980, p. 129.
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